jueves, 3 de noviembre de 2022

La Toxi

“Qué hice yo para merecer tu amor, me dijo entre lágrimas cuando me vio entrar en la UCI. “Te quiero abrazar, acércate”. Entre lágrimas de emoción me murmura, que había tenido pensamientos que habría sido mejor haberse muerto en la última de las dos cirugías que el día anterior le habían practicado. Estábamos mi primo Cheyo y yo, viéndola en medio del dolor más agudo, de la incomodidad más absoluta; de no poder tragar, de tener tubos drenando líquidos por doquier, y a pesar de sus contradicciones, nos sonríe, nos dice te quiero, y hasta estuvo mamando gallo con Cheyo al mejor estilo de Lencho de las Mercedes. Y no habían pasado cinco minutos y ya Patri me estaba enseñando la paciencia que todo lo puede.  En su agotamiento intentaba tragarse una muesca de hielo, y luego padecía la insoportable tos que le sucedía, se apretaba su barriga con una almohada para ayudarse a expectorar. No la oí quejarse de dolor. Y para mí eso era, en esas circunstancias, heroico. Ese día nos dice al pasarnos un kleenex que ella había utilizado: “pónganse guantes, me dicen la Toxi”, con una picardía digna de una niña diciendo sus primeras malas palabras.

Además del conocerte, acompañarte Patri en tus últimas dos semanas fue el más grande regalo que me hayas podido dar. Fue una inmersión a pulmón en las profundidades de tu ser, en las dualidades que plagan nuestro existir, en el valor del tiempo, en la perspectiva de lo trascendente e intranscendente de nuestro trasegar, en cómo la fragilidad humana expone unos atributos en esa silenciosa elocuencia, me recordaste del valor del desapego a lo material. Me sedujiste con tu volver permanente a la paz que sentías una vez tomaste la decisión. Con serenidad te enfrentaste a lo desconocido, decidiste cada detalle de tus últimos días, dejaste pildoritas de cariño a quienes más amaste, consolaste el dolor de toda tu familia, los convidaste a comprender que amar significaba dejarte pintar en un lienzo sin fronteras donde cualquier combinación cromática era posible. Pediste perdón, creaste una red de soporte entre los tuyos, te imaginaste cuadros, cantaste, y lloraste hasta cuando me habías dicho que estabas seca.

Aprendí cuando me pediste te acompañara a tomar la decisión más difícil de tu vida, la de abandonar el tratamiento y empezar el camino del buen morir, que tú en los más profundo de tu ser sabías cuál era tu decisión. Tuviste miedo no de la muerte si no del dolor de tus seres queridos. Y a pesar del miedo, afianzándote en esa paz que me repetías tuviste a partir de ese momento, alzaste el vuelo. Nunca te vi sombría a partir de ese momento. Tu paz era contagiosa a pesar del deterioro de tu cuerpo. La alegría nunca te abandonó. ¡Mi campeona como te decía, te ganaste la presea dorada!

Pero hay una cosa que con el paso de los días me he dado cuenta y es que cuando llegué a acompañarte pensé egoístamente que yo te iba a ayudar. Pero tú, por el contrario, me hiciste el más grande de los regalos.  Me conferiste el recordar mi camino, el recordar la razón de ser de mi vida, me inundaste de valentía para acometer el porvenir, me entonaste vallenatos para que no olvidara que no debo dejar de componer mi propia música, de abrazar con pasión lo que llevamos por dentro. Gracias Patri por recordarme quién soy y con tu ejemplo convidarme aprovechar con amor y luz cada segundo que tenga de vida, gracias por darme la osadía para atreverme a ser feliz.  ¡Te quiero Tía Pat!

domingo, 2 de octubre de 2022

Libélula azul

El sol en su apogeo calienta hasta el último grano de arena de la bahía de Tampa. Las libélulas danzan sin mediar coreografía ni ensayos. Sus piruetas colorean el bastidor irrespetando todo canon. Vibran sus alitas transparentes, y se suspenden en el aire, respiran y van a merodear a un laguito a donde logran ver su imagen magnificada. Entre tanto, una bandada de Ibis blancas surca los cielos. En medio de ese calor, una de ellas se despide de la bandada dirigiéndose al cenit. Ya el huracán hizo su paso, y ahora la vida continua, transformada: contigo y sin ti. Las lluvias ya quedaron atrás. Nosotros sentimos el coletazo del huracán, pero tu solita acompañada por tus seres más entrañables, levaste las anclas y te elevaste confiada a la luz insondable que tan intensamente anhelabas.

Y sí tú: ibis, libélula, mar, azul (tu color favorito), libertad, valentía, entrega, amor, carcajada, desparpajo, claridad, sensibilidad, adaptación, Patrietta para tus allegados después del trasplante. Si hay algo que te caracterizó, quillera empedernida, fue tu generosidad, la entrega a los demás. Todos dimos fe de una u otra manera. Intentaste a toda costa unirnos y lo lograste. Como hablamos hace unos días la luz de tu velita encendió en todos nosotros la nuestra. Tú en el centro y todos con nuestros pabilos encendidos a tu alrededor amándote y recibiendo tu amor. Tal como me dijiste con una sonrisa única…  ” ¡Caro, yo lo que hice fue una fogata!”. Y si, de ti emanaba el fuego del amor, en ti estaba la fuerza de la trascendencia, en ti estaba el calor de la certeza de tu decisión, la llamarada del desapego, la consciencia de la despedida.

Nos enseñaste a cantar y a bailar en medio del dolor. Cantaste, cual Escalona:

“¡ay!

¡De mi corazón asegúrate,

de todo mi amor asegúrate,

De mi corazón asegúrate tú,

¡Que de todo tu amor me aseguro yoooooo!

Cantaste a Jaime Molina, bailaste “Tamarino seco se le caen las hojas agua derramada no hay quien la recoja.” , te sumergiste en el preludio de la Suite 1 de Bach para cello, tu favorita.

Dijiste te quiero cientos de veces, estuviste al tanto de cada uno de los detalles de tu proceso, te despediste de todos, y al final Dios te concedió lo que tanto querías descansar en paz. Repetiste sin cesar “Nada te turbe nada te espante, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza quien a Dios tiene nada le falta solo Dios basta”. Y siempre sin falta, hacías un pare antes de pronunciar “Solo Dios Basta”. Porque en lo profundo conociste a Dios en ti.

Hoy celebramos que tu sueño se hizo realidad, hoy te celebramos. Yo los invito en medio de la tristeza y la nostalgia celebremos a la tia Pat, a ese corazón valiente, que lo batalló todo, que coloreó de tantos colores nuestras vidas.

Tia Pat, gracias por darme el privilegio de ser testigo de tu humilde grandeza.

Porque …“Problema tuyo, problema mío”

TE QUIERO TIA PAT

sábado, 3 de septiembre de 2022

Al buen entendedor....

Sin ton ni son, voy dando pasos en medio de una carretera destapada rodeada por árboles que, desde su demarcado lugar en el mundo, nos acompañan a cuantos deambulamos por sus alrededores. Marcan mi ritmo el sonido de mis pasos, y tal vez mi corazón alza la mano.  Y digo tal vez, porque a veces le sigo y a veces me sigue. Los pinos bailan mientras yo me muevo, su torso se ondea con una flexibilidad envidiable. Y si en esa calma que solo da el contacto con esos majestuosos bailarines. Hay algo que simplemente deja de serte para serles, y ellos en esa grandeza, se vuelven diminutos para llenar de música y aroma ese pequeño espacio que habita en nuestros cuerpos, que no tiene forma, y al fin de cuenta no tiene límite. Que su pequeña inmensidad es insondable. Ellos dejan de ser y tú te vuelves ellos.

Y en la vida pasa, que, cuando uno menos piensa, esa travesía se estropea. Toca parar. Un auto rojo, como diría Vilma Palma e Vampiros, con aura de grandeza, rugiendo sus motores para llamar la atención del universo entero, pasa raudo y veloz, y te deja encunetado. Su chofer un inexperto jinete cree que la razón de ser es demostrar su poderío con la vana carcaza de su carro, y el rugir ensordecedor de sus motores. La polvareda se levanta, no tengo mas opción que detenerme, toser porque me cuesta trabajo respirar, quitar con mis brazos todo ese humo que no me deja ver. Trato de fijar en la distancia un lugar para referenciarme, y a lo lejos, más allá de esa nube atisbo algo que me da tranquilidad. La carretera sigue, hay una curva, no muy pronunciada, por cierto, y en las inmediaciones, vacas pastando aturdidas por el bólido rojo que atentó contra su serenidad. Impávidas están de tal barahúnda. Y sí, mientras las vacas se reponen de tal vil espectáculo, no tenemos más opción que incorporarnos, de pie ya, recobrar el aliento, limpiarnos los ojos, y quitarnos el polvo de nuestras palmas de las manos, y de la marca que nos queda en nuestras rodillas tras el raspón monumental. A ese jinete sin caballo, que nos irrespeta y nos deja comiendo polvo, hay que dejarlo pasar. Reconocer su ignorancia y perdonarle el irrespeto.

Al principio, cuando nos vemos cual cuadrúpedos en la cuneta, nos viene una rabia, que lo único que se nos ocurre es gritarle a ese inconsciente porque casi nos mata. A él no le importó atentar contra tu integridad física y moral. Tú te sentiste vulnerado, pero que mas da, tocó comer polvo. Y ese paseo acompasado se convierte en una pesadilla. El ego, la humillación, la rabia. Pero después cuando el ruido del motor se desvanece y, el jinete sin caballo deja de verte con el retrovisor, la tristeza toma la batuta, y nos muestra cómo ese ser le está siguiendo los pasos a Narciso y su inevitable destino de ahogarse deslumbrado por su propia imagen.

Los pinos siguen estando allí, el corazón sigue latiendo, la carretera no se desapareció, las vacas mugen, el polvo se limpia, los raspones sanarán algún día, y yo aún puedo moverme, puedo sin dolor dar un paso más. Tengo que esforzarme por aprender de la encunetada, pero una vez más, debo retomar mi paseo a sabiendas que puedo volver a tener un encuentro cercano con un adolescente embelesado por la falsa plenitud que el mundo y sus juguetes pueden dar. Ahora debo caminar más cauta. Disfrutando igual. Ahora sé que estos jinetes no quieren darse cuenta lo que dejan en la verja, lo único que les importa es el poderío que demuestran. Y a mí por el contrario me embelesa la belleza que me circunda. No soy infalible. Pero en este trasegar tengo la certeza que el jinete está ensordecido por el ruido que le acompaña, y ni si quiera me escuchó gritándole de la impotencia. Puede que una curva se lo coma, por la velocidad en la que va, o puede que no. Ya no importa. Yo seguiré a pico monto dando mis pasos, sin más pretensión que la de ser y aprender de cada etapa del camino. En esta etapa aprendí que la ignorancia es mala consejera. Que el ruido es mal consejero. Que mis intereses son diametralmente opuestos a los del jinete.  Y que siempre, podemos pararnos golpeados, y amar, aunque sea magullado a ese ignorante que te atropelló, y te recordó con más fuerza que nunca, que el camino es ser, es dejar de ser, es amar siendo, es sembrar sin esperar cosechar, es perdonar.

 

sábado, 20 de agosto de 2022

Dolce Far Niente

La superación humana siempre será motivo, para mí, de asombro. Oía en CNN hace unos días un reporte de Clarissa Ward (“Chief International Correspondent”) donde relataba cómo un año después de la toma de Afganistán por parte de los talibanes, las mujeres afganas desafiaban el régimen saliendo a la calle sin cubrirse el rostro, otras más jóvenes se resistían a no estudiar para lo cual improvisaban aulas a escondidas y encuentros clandestinos para no despreciar al inolvidable Baldor, otras caminaban diariamente 3 horas hasta el centro de Kabul para acceder a tres panes regalados por una ONG, para así poder tener la ración de alimento diario para sus tres hijos. ¡Es increíble seis horas de caminata por tres panes (medio pan per cápita)! ¡Dios!  

La valentía de esas mujeres se compara con la de Egan Bernal, que a pesar de desportillarse a 60 km/h contra un carro, y haber estado al borde de la muerte y si no al borde de una discapacidad permanente, se levantó de su lecho de enfermo, y batalló contras sus heridas y dolores, contra su trauma, y se sentó de nuevo en el sillín y pedaleó literalmente hasta el cansancio. Hoy vuelve a competir. Es un milagro dicen algunos. Y él escribe en su Instagram “No sabemos lo que somos hasta que vemos lo que podemos hacer”. Y para qué irnos a Afganistán o a Boyacá si en la familia hay seres dignos de admiración. Mi tía Patri batalla cual Rey Arturo, con su corazón valiente, combatiendo los efectos colaterales de su trasplante de médula. 


¿Y qué hay en nosotros mismos de esos seres que admiramos por su coraje? Pues, si uno se pone a mirar, la vida se encarga de mantenernos entretenidos y sacarnos permanentemente la casta. La mía ha estado requete entretenida: el suicidio de un socio, la muerte de Benja mi gatito quien me acompañó por 15 años, decisiones de cambio laboral. En fin, de todo como en botica. Durante el último mes viajé a Barranquilla a compartir con la tribu. Como buena mamífera me fui a dejarme abrazar por la manada. Y así fue. Allá escuché a mi papá aprender italiano, y vi a mi mamá atender pacientemente a mi abuela nonagenaria. Y sí, en Barranquilla, descubrí la filosofía italiana de no hacer nada “dolce far niente”. Nosotros acostumbrados a estar imbuidos en torrentes de actividades, parar tiene una dulzura inigualable. No solo porque nos permite pensar, no pensar, sentir, dejar ir, aceptar, comprender, abrazar, hacer sin hacer, ¡cambiar! En esa quietud, también actuamos, también nos enfrentamos a nuestros retos.  


Si no que lo diga mi profe de cello, quien vio como mi proceso pedagógico se debía suspender por los avatares de la vida.  Después de un mes regresé a clase. Quien en sus palabras en nuestra primera clase después de este largo receso dice: “¡Me cambiaron a la alumna!” El cello sonaba diferente, más duro, más bonito, más afinado. ¿Cómo se podía explicar esto si yo no había tocado una sola nota mientras estaba en Barranquilla? Además de la consabida maduración neuronal, en mi temporada en la Arenosa, no hacía más que recordar la irreverencia, el coraje, la seguridad de mis compañeritos del semillero de la orquesta. Ellos se sentaban en el instrumento sin complejos e inseguridades, lo desafiaban. En resumen, la dulzura de no hacer nada me llevó a comprender que debía aprender de mis pequeños gigantes. Disponerme a aprender como niña. A disfrutar como niña. Algunos días antes de la muerte de Benja, la profe me había dicho que no podría tocar el celllo, si no me descaraba, si no me sentía capaz de dominarlo. Y así en la quietud aprendí del descaro de los niños, de su desparpajo para pensar que son non plus ultra y en consecuencia actuar como tal.  


Egan tiene razón en que descubrimos quiénes somos por nuestros actos. Las mujeres afganas afirman en estas entrevistas que son conscientes de su peligro, pero que también son conscientes que el poder no lo tiene el régimen militar, si no que está en ellas. No hay una ideología que pueda combatir esta determinación. Él se descubrió no sólo ascendiendo al AlpHuez, mítica etapa del Tour de Francia, sino también al tenerse que enfrentar a los dolores, a la limitación de movilidad, a la fisioterapia, al pedaleo mientras aún caminaba con bastón.  Mi tía lucha sin descanso por la vida, por sus pinceles y pinturas. Y yo, cada día me levanto a descubrir la música de cada capítulo de mi vida, la que hay en mí, la que hay en todo lo que me rodea.  


Cada uno de nosotros tenemos pruebas que superar, no nos dejemos vencer por los problemas, seamos coherentes con nosotros mismos, y no tiremos la toalla. Aprendamos de esos héroes desconocidos, que no buscan figuración alguna, si no que hacen sin vacilación lo que los motiva. Rompamos a pedazos las imágenes ilusorias que habitan en nuestra mente y nos coartan. Que sean nuestras acciones ese batazo que dispare un home run y deshaga por la magia del atreverse, la creencia de no poder ser imparable. ¡Siempre con humildad claro está! Tenemos en nuestras manos la oportunidad de reedificar y reconducir nuestros destinos. Que no sean nuestros actos apología al egoísmo, la ambición y a la doble moral. ¡No nos confundamos!  Por el contrario, que sean ellos muestras de compasión y humildad. No nos tenemos que comparar con nadie. Trabajemos por ser una mejor versión. No nos demos por vencidos, y enfrentemos los grandes desafíos de la vida con alegría y aceptación. Abracemos la despedida de aquel que somos y no nos deja ser, y demos la bienvenida, a la expresión de aquello que ignoramos que somos, que nos trasciende, que intuimos que somos, que nos busca sin cesar y al cual nosotros rehuimos agazapados.  

 

“El viaje de mil millas comienza con un sólo paso.”  

Lao Tzé 

lunes, 20 de junio de 2022

¿Vencedores o vencidos?

 

Señores y señoras les informo que, a partir de la fecha, el país con la democracia más consolidada de América del Sur ha hecho la transición a un gobierno de izquierda. Igualmente, para la prensa amarillista, que le encantan estas noticias les doy la primicia que, hace un par de semanas, mi socio se suicida víctima de una extorsión.  Una extorsión cuyo modus operandi se basaba en la empatía.

Y sí, las cosas cambian. De la noche a la mañana. Un día nacemos otro día morimos. Un día el sueño colectivo se esfuma para convertirse en la historia sin fin. Un día nos sentimos capaces de comernos el mundo, y al otro nos vemos sentados, petrificados, por las noticias que parecen de otras vidas, viendo un camión de la fiscalía salir con el cuerpo de tu amigo hecho trizas.  

Esto me recuerda a las canchas de arena en las que jugaba futbol, con Jose Fernando mi primo, y el combo del barrio donde estaba la casa de mis abuelos.  Cuando corríamos de un lado al otro, y la polvareda se levantaba y de pronto éramos incapaces de ver hacia adelante, por esa nube de tierra que se nos metía en los ojos y, no nos dejaba respirar. 

¿Y ahora quién podrá ayudarnos? ¿Qué debo hacer? ¿Cómo me debo parar después de lo sucedido? ¿Hacia dónde debo correr para meter el gol? ¿Cuál es la meta, si es meter un gol? 

Por qué carajo esperamos batacazos que nos mueven el piso para hacernos estas preguntas y para darle el valor a las cosas antes de que pasen. Digan si no valoran ahora, por más discrepancias que tengan, al combo de presidentes que lidero este país en los últimos 20 años. No soy de política, pero valoro la libre expresión, y valoro la honestidad y la transparencia. Detesto la manipulación basándose en falaz empatía.  Hay dolor de patria, como hay dolor en mi corazón porque un amigo no se vulneró ante sus amigos y familiares, no soporto más el agobio, y decidió terminar el calvario de su vida. ¿Tenían solución sus problemas? ¿Eran verdaderamente inmanejables o era su percepción?

Como dice otro amigo mío:  "el mayor de los problemas es el propio". Es una verdad a rajatabla. Y si es así, entonces. por qué creemos que tu situación no es la mía o viceversa. ¿Por qué insistimos en creer que hay un tú que no soy yo? Si no que lo digan todas las personas que asistimos a la misa de mi socio. Él se sentía desesperado con seguridad, se sentía solo y sin salida.  ¿Es que acaso su suicidio no me afectó?  La presidencia de Petro nos afecta a todos. U optamos por ser la víctima y creer que una persona puede cambiarlo todo, o desmoronamos ese sesgo, y asumimos la responsabilidad que nos corresponde para trabajar, para seguir adelante, para transformarnos, para cambiar la realidad que nos refleja. Si yo cambio tu cambias.  

En nuestro emprendimiento, de ser los tres mosqueteros pasamos a ser Batman y Robin. Y muy a pesar de lo anterior, quedamos convencidos que nos tenemos que levantar cada mañana a trabajar por generar consciencia de la salud física pero sobre todo, de la salud mental de las personas.  Muy a pesar de Petro, y muy a pesar de la dolorosa muerte de nuestro socio y amigo, aceptamos el dolor como una invitación permanente e imborrable a que tenemos que dejarlo todo en la cancha. Que así nos duelan los ojos en la polvareda, y así tosamos como locos, tenemos que esforzarnos, por ayudar a las personas que tenemos a nuestro alrededor alivianar el peso de su carga.   Diríamos que la muerte de nuestro amigo se convierte en un permanente recorderis que tenemos que trabajar sin descanso por el otro, en vez de sentarnos en disquisiciones sin sentido, a pensar como la adversidad nos venció, tenemos que chutar el balón, sin miedo, a pesar de la defensa, de los empujones y de las zancadillas. A pesar de la polvareda.

Petro venció en la contienda electoral, pero todos como sociedad podemos vencer la indiferencia y la victimización.  El verdadero desarrollo no está afuera está dentro de cada uno de nosotros. La paz y la felicidad no nos la dará el régimen político o la estabilidad económica. 

¡Un acto de amor hace la diferencia! 

¡No pierdas la esperanza!

¡Goooooool!

  

domingo, 20 de marzo de 2022

Aletheia

Escucho a los analistas políticos decir que la razón de ser de la guerra de Ucrania es por el miedo que tiene Putin, líder de un régimen autoritario, de la occidentalización de su vecino.  Putin a su vez afirma vehemente que Ucrania es un régimen neonazi. Se le olvida el pequeñito detalle a Mr. Putin que, Zelensky, el presidente de Ucrania es judío. Los noticieros buscan explicaciones para su locura y ahora dicen que tiene una enfermedad neurodegenerativa y que no tiene tiempo que perder. Por otro lado, Zelensky exhorta al presidente de los Estados Unidos a que se convierta en el líder del mundo, y la manera de hacerlo es convirtiéndose en el adalid de la paz. ¿Cómo lo propone? Ayudándole a defender sus fronteras, su territorio, y a ayudar a que la barbarie cese.  Es decir, incorporándose en la guerra. Ucrania se desangra, se destruye, llora, tiene hambre, tiene miedo, se siente abandonada por el mundo occidental por el cual tanto apostó.

Tantas contradicciones y cuántos debates éticos. Estados Unidos afirma a todas luces que se abstiene de participar por prevenir una tercera guerra mundial, pero aporta armas y dinero. Europa tibia depende del petróleo y el gas natural de Rusia. Tan sólo ahora después de casi un mes de crueldad empieza a debatir una posible incorporación de Ucrania a la Unión Europea, movimiento que responde a unas afirmaciones de Zelensky donde daba por perdida esa posibilidad. Los líderes religiosos exacerbando la discordia contraria a su mandato de unión, compasión y amor. Los rusos de a pie sufriendo también por el orate que tienen de autócrata, porque sienten que los impuestos que pagan están siendo utilizados para matar a su vecino y pariente. Además, viéndoseles cercenada la libertad de acceso a la información y a la libertad de expresión. Hoy ya ni si quiera pueden comerse una hamburguesa de McDonalds que fue símbolo del fin de la guerra fría y acceso a las comodidades a las que adolecían. Las madres de los soldados no conocen sus paraderos, y Putin afirma darles compensación económicas por ser héroes. ¿Vida vs. Dinero?

Sufrimos y peleamos por el poder, por unas fronteras imaginarias delineadas por el hombre, para el hombre y por el hombre. ¿O acaso un lobo estepario que sale de Siberia a darse un paseíto le piden pasaporte para pasar a Ucrania, a China o a Kazajistán?

¿Y nosotros a qué jugamos? La humanidad está desorientada, está anestesiada. Por un lado, nos encanta ver las noticias, nos encanta vociferar en contra de las atrocidades y de la inoperancia de la justicia global por juzgar a Putin como un criminal de lesa humanidad. Pero olvidamos la compasión, olvidamos que mientras nos comemos un plato de almuerzo, al otro lado del mundo hay alguien en un resguardo sin luz, oyendo bombas, sin comida y angustiado por sus seres queridos, por su propio devenir. ¿y qué hacemos? ¿Al menos una oración? ¿Cuántos de nosotros hemos ayudado a las víctimas? No Caro, es que está muy lejos y no sé cómo hacer. ¿En serio? Querer es poder. No queremos. Pero al mismo tiempo nos decimos a cada uno de nosotros que somos personas buenas. Las contradicciones que vemos afuera existen en nosotros mismos. ¿Vamos a dejar que persistan?

El miedo es la leña que aviva el fuego de guerras, de crímenes execrables, de hechos inenarrables. El miedo es el que hace que nos acoracemos detrás de imágenes inexistentes de nosotros. El miedo nos paraliza. El miedo nos hace reaccionar violentamente. El miedo nos hace agredir. El miedo nos hace mirar la mirada hacia afuera y no hacía nosotros mismos. El miedo nos convierte en lo que no somos.  El miedo “petri-fica”.

 

Es el momento para desocultar nuestro ser, de acercarnos a la verdad dejando atrás los velos que no nos dejan conocer las cosas tal cual son. Aristóteles le llamaba a esto aletheia. Su etimología a (sin) letheia (ocultamiento). 

Evitemos guerras, confrontaciones, evitemos dejar de vivir y tan solo existir, por nuestros miedos y contradicciones. No nos ocultemos detrás de ellos. Y busquemos con nuestras acciones plagadas de osadía y compasión, un cambio. Una desnudez sin velo, una entrega sin ruego, una búsqueda sin ego, un amor labriego.

sábado, 5 de marzo de 2022

COLOQUIO

 Las voces de los instrumentos en una orquesta en algunos pasajes se contraponen, en otros, llevan el mismo ritmo. Es una conversación permanente, donde el tiempo da la entrada a cada expresión, donde cada intérprete se funde con su instrumento para emitir, desde su corazón, más allá de la nota correcta, la sensación perfecta.  El instrumento es una extensión del cuerpo, la voz silente del intérprete se hace movimiento, es energía que se hace armonía. Es una oración que respeta la de los demás. Es un baile que se eleva en el torrente del mensaje plagado de silencios, de corcheas y redondas. Es un diálogo que une a varias almas aspirando a la belleza personificada en sonido. Es una búsqueda por entrar tanto en sí mismo, en el presente, donde la individualidad se diluye para fusionarse en un alma colectiva, donde la concentración plena abre paso al frescor del sentirse frente al mar, o deambulando en la noche viendo las estrellas, o hasta sentir la presencia del amado. La música es el misterio que nos une, que hace que nuestros cuerpos se muevan, que nuestra mente se aquiete y se adentre en ella, para recordarnos la insondable felicidad que nos habita, pero que tanto olvidamos.

Es así como esta semana tuve el inmenso privilegio por primera vez en mi vida de sentirme parte de una orquesta estudiantil de cuerdas frotadas. Para mi fue como subir al mismísimo Everest. Como toda aprendiz me senté en la silla sin saber como era que funcionaba, como se esculpía la magia del sonido. Era aterrorizante y a la vez emocionante. He de confesarles que cuando escuché por primera vez el sonido conjunto de todos los instrumentos, me paralicé de lo que me impactó lo que sentí. Fue sobrecogedor. Entendí que esa magia es fruto de interminables horas de trabajo, por comprender la tarea que te corresponde, por vencer las dificultades técnicas, pero sobre todo es fruto de que cada persona se supere a si misma, a su mente que le limita y le hace creer que no es capaz.  Asistir a una orquesta es ir a una escuela de trabajo en equipo, es una escuela de “mindfulness”, es una escuela de empoderamiento, de seguridad, es una escuela de enfrentarse al miedo a la equivocación. Me di cuenta de que es ese proceso individual quien aviva el fuego de la persistencia. El resultado de todo este proceso no es sólo la música que el asistente al evento escucha. Es la música misma quien edifica en cada una de las personas que la busca, un camino solitario y silente, para crecer, para abrirse a la intuición, para dejar de ser y convertirse en lo mismo que se busca, en música. Dejar de ser estáticos a ser dinámicos.  Dejar de ser inmóviles a ser móviles. Dejar de ocultarse detrás de palabras o prejuicios para desnudar su alma del todo, sin excusas. Dejar ser densos a ser sutiles.

Esta aventura me ha recordado la importancia de respetar el tiempo que vivimos, porque cada tiempo tiene una razón de ser. Si nos aceleramos, no escucharemos al otro, romperemos toda comprensión, todo diálogo, toda construcción común. A veces los mensajes llegan de manera directa por la voz de un amigo, a veces nos llegan enmascarados en enfermedades, en pérdidas de seres queridos, y por qué no hasta cuando caminamos o sembramos una plantita. La osadía de actuar aún cuando tengamos miedo de perder, de equivocarnos, de dolernos o de morirnos es lo que hace un buen director de orquesta, es hacer respetar la fluidez de ese coloquio, es componer la eternidad de esas notas en los corazones de quienes se abren a ellas. Escuchemos al otro, escuchémonos. Y aprovechémonos cada hora del día para vislumbrar que, así como Dios habita en la música, ese espíritu divino habita en nosotros. Hagamos de nuestras vidas una gran composición, esmerémonos por que ésta sea fiel a nuestro ser, a nuestras aspiraciones profundas y trascendentes. Y no sólo creemos la partitura fiel a nuestra composición. Sino que, en coherencia, seamos los intérpretes de esa composición. Y no olvidemos jamás, a aspirar ser música, y a ser música aspirándola.