lunes, 6 de diciembre de 2021

El jorobado danzante

¿Ustedes sabían que el jorobado que menciona Víctor Hugo en su novela "Nuestra Señora de París" que, luego inspiró la película de Disney: El Jorobado de Notredame, verdaderamente existió? Monsieur Trajin, conocido como "Monsieur Le Bossu" (el señor jorobado) fue un escultor que le fue encomendada la labor de liderar las cuadrillas que restaurarían las esculturas destruidas de la fachada de la Catedral del Notredame, luego de la muerte de Luis XVI. Lo curioso es que el pueblo en la revolución francesa confundió personajes del Antiguo Testamento con monarcas franceses del pasado y las arrancaron y las destruyeron sin misericordia. Lo que se sabe de Monsieur Le Bossu es que no se mezclaba con otros talladores, era un hombre solitario. Yo me lo imagino con sus cinceles trabajando sin descanso en sus esculturas, preguntándose incesantemente, en la naturaleza divina de ese personaje bíblico que en sus manos quedaría representado para la eternidad. A pesar de su deformidad alzaba su mirada del piso a su obra, y de sus manos se transformaba el mármol inánime en arte, en belleza, en suavidad, en un ser casi mitológico.

Mientras el jorobado esculpía en solitario, los bailarines se deslizaban sobre los escenarios de madera en una conversación inaudible. La música los invitaba a expresar en movimiento. Sus cuerpos esbeltos y agraciados se movían con delicadeza y control.  Hubo un silencio en la música, y ellos se detienen, erguidos se miran el uno al otro con sus cuellos estirados, su barbilla mirando al infinito, y sus  brazos estirados con su dedo índice señalándose el uno al otro. Ya sienten que empieza de nuevo la danza. Y ellos se sumergen en esa apertura, en la confianza que el otro es una extensión suya, es el preludio del contacto, de la unión.  Y se da el primer paso, se acercan se toman de la mano, y dan ese giro en el aire. La gravedad es inexistente ante la expresión del cuerpo humano gimiendo libertad.  El cuerpo expresando el caudal de esa música que llevamos dentro. 

Es así como a cada uno de nosotros hemos tenido una experiencia vital única. Unos nos parecemos más al jorobado que otros. Mi mamá cuando estaba adolescente me decía "¡Enderézate!". Imagínense la joroba que construí. Yo miraba para el suelo y no miraba al infinito, yo no comprendía en ese entonces, que podía caminar abriendo el corazón a los demás, si no por el contrario, agobiada por mis contradicciones me interné en mi mundo, buscando ese sentido que resultaba escurridizo.  Esa fue la forma que yo encontré para comprender mi unicidad. Toda una Madame Bossu venciendo sus inseguridades y miedos. No siendo eso suficiente, decidí salir de mi aislamiento y me dediqué a viajar y a buscar afuera lo que tenía adentro. Entonces me fui al otro extremo. 

El viaje es el movimiento hacia el equilibrio. El más difícil de hallar. La balanza a veces se nos devuelve y el esfuerzo es el triple. Todos los días luchamos con nuestra mente que nos da mensajes encontrados y nos invita a abandonar la búsqueda. Independiente de nuestras historias, experiencias, tristezas o culpas, cada uno de nosotros debe ir detrás de conocerse a si mismo, para poder así dejar atrás todo aquello que nos ralentiza, que nos detiene, que hace que perdamos la orientación.  La danza de esta vida se compone de tomar consciencia y comprender que somos los escultores de nuestro viaje. Podemos optar por soltar todo y dejarnos llevar por lo que nos dice el corazón, y hacer caso omiso del monólogo que se reproduce sin parar en nuestro interior.  Podemos decidir cambiar nuestra postura, decidir dejar de mirar al piso y por el contrario, levantar nuestra mirada hacia el infinito, hacia la profundidad que escondemos, y que es necesario que vea la luz del sol.  Dancemos en la aceptación de nuestras vidas, y démonos el permiso de ser lo que somos, con la desnudez propia que enfrenta el artista en su proceso creativo.  Amemos las enseñanzas de las jorobas, y abracemos con la alegría la nueva postura con la que enfrentemos la vida. Ya Madame Bossu queda en el pasado, hoy miro este día como un regalo milagroso que me permite abrir mi corazón a fluir, como una buena bailarina al son de la melodía que solo yo escucho, pero que me permite levantar mi brazo, y dar ese giro en el aire. El desafío es vivir el amor, trabajar incansablemente, y aspirar a la libertad de ser nuestras propias obras de arte. 






domingo, 21 de noviembre de 2021

Simetría

En la vida, como en la música, todo tiene su ritmo. ¡Como diría mi profe de cello es " im-pe-ra-ti-vo!" Si me como el tiempo de una blanca, o de una negra, la conversación se altera, la armonía se destruye. Cada instrumento tiene una voz, y si la voz no se interpreta debidamente, la belleza que se persigue se aleja. A mí por ejemplo, me da un afán terrible salir de las notas largas, dejo de sentir la profundidad de esa nota por estar pensando en lo que viene.  Y ni les digo cuando se me da por acomodar el ritmo en función de si me parece fácil o difícil un pasaje.  ¡Valiente gracia! El ritmo tiene una mezcla de oído, de intuición, y de mucha presencia. Cada nota tiene una duración, cada nota tiene un momento de hacerse visible, de manifestarse, de ser, de extinguirse. Lo cierto es que a pesar de que el silencio se abra paso, su presencia no sólo transformó lo narrado si no también al alma de quien la escucha.

Han visto ustedes, por ejemplo, a los pescadores al amanecer recoger sus atarrayas. Sus lanchas las balancea la corriente. Sus compañeros los pelicanos se posan en el casco de la embarcación a acompañarlos siempre expectantes, de que un buen trozo de pescado caiga en sus gaznates. Son largos minutos en silencio. El vaivén de la fuerza del mar se siente con el embate de las olas despertándose, el sol hace su tránsito, el sonido del agua reventando contra la lancha se mezcla con el sonido de la nasa deslizándose. Los pescadores sostienen la relinga superior de las redes a la espera del momento perfecto. De la quietud a la acción. Se recoge la pesca con esfuerzo, un pescador se tira al agua a ayudarle al otro a alivianar el peso de la carga. La resistencia que sienten los pescadores es vencida por la ilusión de llevar el pan de cada día a sus hogares. Pero una vez, en la superficie, al interior de esa atarraya es frenesí, los peces bailan champeta, y son las contorsiones de su cuerpo que marcan el ritmo de su rito de despedida.  Es el vaivén de la quietud al movimiento, y del movimiento a la quietud.

Si la vida es como la música, un arte en el tiempo, ¿Cómo encontrar ese pulso divino en este tic tac humano? ¿Cómo ser equilibrio entre sonido y silencio, entre quietud y movimiento? ¿Cuál va a ser la ilusión que venza la resistencia de la carga que llevamos? ¿Cuál será la nota que se eleve de nuestro interior hoy?

Cada día que se nos da de vida, se nos da la oportunidad o de dejarnos llevar por la respiración incesante de nuestra existencia, o de resistirnos a los ciclos, a los cambios, a los aprendizajes. ¿Cuál opción escogemos?  

A pesar de la dificultad que implique, yo opto por escuchar ese pulso en mi corazón. Por apostarle a la magia de la polifonía. Que mi existencia se deslice al son de ese pulso, trabajando a buscar dentro de mí, esas notas que hagan refulgir la paz y la luz, en contraposición al afán y a la oscuridad.   Yo opto por ser ese instrumento que interprete la obra asignada respetando cada signo marcado por el compositor en la partitura.  

¡Hoy es el momento: para detenerse y pensar, para sentir, para soltar, para amar, para perdonar, para actuar!

 

Recordando al Eclesiastés:

"Todo tiene su momento oportuno; hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo:

 un tiempo para nacer,

    y un tiempo para morir;

un tiempo para plantar,

    y un tiempo para cosechar;

 un tiempo para matar,

    y un tiempo para sanar;

un tiempo para destruir,

    y un tiempo para construir;

 un tiempo para llorar,

    y un tiempo para reír;

un tiempo para estar de luto,

    y un tiempo para saltar de gusto;

 un tiempo para esparcir piedras,

    y un tiempo para recogerlas;

un tiempo para abrazarse,

    y un tiempo para despedirse;

 un tiempo para intentar,

    y un tiempo para desistir;

un tiempo para guardar,

    y un tiempo para desechar;

un tiempo para rasgar,

    y un tiempo para coser;

un tiempo para callar,

    y un tiempo para hablar;

 un tiempo para amar,

    y un tiempo para odiar;

un tiempo para la guerra,

    y un tiempo para la paz."







 

viernes, 8 de octubre de 2021

Explorador del alba

El agua recorre los surcos recónditos de la ciudad. Es de noche, el gato maúlla, y las calles están vacías. Una que otra voz se reconoce entonando su canción favorita. Las estrellas apoderadas en el firmamento. La noche se regocija con cada encuentro, con cada sueño. Escucho mis pasos deambular en esa noche sin nombre.  Juego con mi ritmo y el canto de las chicharras. La fuente de piedra, desgajando borbotones de agua, se aposenta en el centro de la plaza engalanada de faroles colgantes. Yo sigo a mi ritmo disfrutando el chasquido de las piedras y de su regocijo, al encontrarse conmigo en el camino. Sigo adelante, un paso después del otro. Llego enfrente de ella asombrada por su presencia y me siento sin pedirle permiso, en el resquicio de su basamento circular, a escuchar la felicidad del agua al lanzarse sin tapujo desde el pilón hacia el infinito. Y desde ahí, sin mas planes, siento que el amanecer se avecina.

En los meses pasados he caminado en esa noche, observando, escuchando, decidiendo. Me he sentado en la fuente. He visto lágrimas y risas. He visto ternura y dureza. He visto lucha y entrega.  Muchos me han preguntado por qué no he vuelto a escribir, y la respuesta es que cada expiración viene precedida por una inspiración. Y a veces inspirar significa detenerse a no pensar, a sentirse en la noche, a esperar que el alba despunte y nos recuerde cómo el día puede llegar a refulgir.

No somos perfectos. Todos llevamos cargas, experiencias pasadas. Todos vivimos retos e incertidumbres. En muchas ocasiones nos vemos vagando y nos enfrentamos a caminos en yuxtaposición. Nos enfrentamos sin remedio a la incertidumbre, a sopesar lo que nos pueda deparar el camino elegido. Sin embargo, lo que he aprendido en mi noche del 2021, es que, si la elección viene del corazón y no de lo que debe ser, o de lo que el mundo te exige, esa decisión está precedida de paz y de tranquilidad. Fin último de nuestra existencia.

¿Cómo aprender a vivir sin darle al otro el poder de agredirnos? ¿Cómo vivir sin darle al otro el poder de nuestra tranquilidad? ¿Cómo vivir sin apegarnos al resultado y tan sólo disfrutar de cada paso que demos? ¿Cómo vivir aceptando la transformación como la norma de nuestra existencia?

El alba tiene la maravillosa experiencia de mostrarnos de frente con la luz, con el calor de sol, con el azul del cielo, y con el color de la rosa. Los invito hoy, en este reencuentro, a aceptar los ciclos de nuestra naturaleza, a aceptar la noche, a dejarla ir, y a abrazar el encuentro con nuestro amanecer, con ese paso a hacia la luz de nuestros aprendizajes. Los invito a vivir a plenitud, a vivir de frente a si mismos, sin mentiras y excusas, para poder entregarse con delicadez a la misión encomendada, a la búsqueda de la paz, del conocimiento, y de la belleza que se esconde en cada esquina de esa ciudad que habitamos, y que rehusamos a explorar.

 

LA LUZ CORRE DESNUDA POR EL RÍO

 

La luz corre desnuda por el río

huyendo sin cesar en lo movible

de la profundidad, del hondo frío

en que empieza la sombra y lo invisible.

La conoció al nacer, era rocío,

no este vano correr tras lo imposible,

imagen del humano desafío

a la divinidad. Sueño apacible

que endulza los saleros de los ojos,

mesa frugal y paz es lo que anhela

navegante, soldado y rey de antojos;

pero ¡ay! del ¡ay! del alma, no se alcanza

a volver con los remos y la vela

al puerto en que dejamos la esperanza.

 

MIGUEL ANGEL ASTURIAS

 

lunes, 28 de junio de 2021

Apoteosis

Para los griegos originariamente y,  luego para los romanos se conoce como apoteosis la ceremonia en la que elevaban a cualquier persona virtuosa a estátus de héroe o Dios. En este mundo, como estamos locos lucas, hacemos de la apoteosis un partido de fútbol, en vez de considerar, la búsqueda de las personas atrapadas por el edificio desplomado una ceremonia digna de esta denominación, si se considera el esfuerzo titánico y el riesgo que cada uno de esos hombres y mujeres corren por tratar buscar con vida a 159 personas. 

Tal vez si nos quedamos atrapados en la semántica consideraríamos la apoteósis como el desenlace con tinte de espectacularidad de una obra de teatro. Necesitaremos la pericia de un guionista para saber si el guión tenía una estructura clásica donde los planteamientos narrativos tienen una respuesta. O si por el contrario, la estructura es no clásica y el desenlace que se nos presenta es abierto, es infinito, está por hacerse.  ¿En dónde radica lo magistral de un desenlace que lo reviste de espectacularidad? ¿Será el nivel de aplausos?

¡Como de eso no sabemos mejor, zapatero a tus zapatos! 

Si lo mejor es que me dedique a hablar de mi vida, en vez de ponerme a hacer elucubraciones del virtuosismo de los futbolistas artistas de reggaeton o actores de telenovelas. Si tamizamos con un buen cedazo el tedio de nuestras vidas, podemos apostar como dice la biblia  a "Dios rogando y con el mazo dando", que nuestra vida sea una apoteosis. Nunca es tarde para embarcarnos en ese emprendimiento. Para que se convierta en la motivación misma de la vida, el deificarse. 

Eso me lo enseñó mi tía Martica, la "tita", quien me mostró que aunque la arena del reloj se escurra entre los dedos de las manos, y las opciones se condensen: se puede amar, se puede servir, se puede perdonar, se puede ser humilde, se puede ser valiente, se puede confiar, se puede entregar, se puede dignifcar la vida y la muerte. Se puede brillar como el oro o la plata cuando un pañito se le pasa, a pesar de lo que pueda doler. En esta trama el cuerpo y sus batallas son la escuela perfecta para domar el potro descarriado que todos llevamos dentro.  Y hacer que como un buen deportista nos esforcemos en la recta final para llegar a la meta con  laureles. En esa meta las tramas entre el cuerpo y el espíritu se separan.Pero esa maratón que llamamos vida valió la pena si apostamos porque la estructura de esa obra teatral no sea clásica, donde el desenlace sea simplemente infinito.  La tita nos enseñó que la palabra dicha no se olvida, que el amor no se borra, que no hay más tiempo si no para darnos a la tarea titánica de hacer de nuestra vida apoteosis, porque con su ejemplo nos demostró que: SÍ se puede. 

¡Salud por su vida, por cada segundo de la nuestra, y por cada uno de ustedes!

Les comparto este video para que disfruten.

https://www.youtube.com/watch?v=BIQ2D6AIys8











 



domingo, 2 de mayo de 2021

Salvoconducto

Empiezo por contarles que me dieron un salvoconducto para salir de la detención intramural por 4 días.  ¡Aún no sé cuál fue la causa del permiso, si fue por buen comportamiento, o por salud mental, pero lo que si es cierto es que pude deambular por aquí y por allá,  coger un avión y hasta ver el mar! ¡Mentiras, puras mentiras! Los estoy engañando,  la verdad fue que salí en busca de Pfizer el nuevo superhéroe americano, y por fortuna, tuve mi encuentro cercano. 

Pero en lo personal el hito para mi fue ver y sentir al mar. Me metí cual cachaca con blue jeans remangados, pero eso importó poco, para sentir el juego del agua y sus corrientes, oler el salitre, saltar y reírme cuando las algas me hacían cosquillas de vez en cuando, y poder echarle un vistazo al horizonte. Era el atardecer y se percibía su felicidad, le estaba diciendo adios al día con todos los juguetes. Un gran pez saltó un par de veces, unos pajaritos blanquitos con alas grises hacían fila como niños de escuela en pandemia, con la distancia requerida, a comer el alga que se arremolinaba en la costa, mientras el majestuoso pelicano planeaba con libertad para aprovisionarse de una buena cena, y cuando la divisaba: ¡Chuplundum!

Comprenderán ustedes asombrarse de la sinfonía que presenciaba, sonaba como se veía, como diría mi profe de cello. Muchas veces le había dicho a mi mamá que lo que quería era ver el mar, y ahí estaba, respirando su inmensidad, agradecida por el salvoconducto. Pasé del 1103 donde el horizonte eran los ladrillos del edificio de enfrente, donde la algarabía no era porque la naturaleza estuviera entonada sino porque los taladros de una obra, rompían el piso y la tranquilidad de todos. 

¡Y aún así, he de confesarles que no todo es como se ve!

¡Y aquí viene la frase cliché que faltaba! "Es que la pandemia me cambió". Salir después de un año de estar confinada, con muy poco contacto físico, con una rutina determinada, a tener que estar alrededor de muchas personas,  algunos desafiando el uso de las mascarillas, jugando a dos manos entre el celular y el gel antibacterial, ahogándome por tener doble mascarilla y lamina de protección, estaba como una digna teletubi. No fue nada chévere la experiencia. 
                                                 
¿Así que me pregunté esos cuatro días de libertad condicional, si realmente era el exterior lo que condicionaba mi libertad? ¿O si por el contrario, será que durante un año no fui consciente que el encuentro con mi libertad, no esta condicionada por paredes y ladrillos, ni por salvoconductos? ¿Será que buscaba salir del 1103 como un mecanismo para no entrar en mi?

Así que cuando te dan esa opción de ver el "afuera" te das cuenta que a pesar de la belleza, de ver cosas diferentes, todo carece de sentido si eso no se conecta con ese mundo, de donde nacen las canciones, los poemas y las oraciones.  Es como estando fuera del 1103, sentía que el exterior carecía de sentido, que donde estaba verdaderamente feliz era en mi. Era el juego de los contrasentidos, entre más contacto con el exterior mayor era el llamado del interior. 

Al final parece que somos nosotros los que decidimos condicionar nuestra libertad o hasta a veces nos decidimos reos de la cárcel que nuestra propia mente y sus juicios erige. Comprendí con este viaje de encuentro con Pfizer, que el viaje en donde tenemos plena libertad nunca debe cesar,  y que éste no esta condicionado por los circunstancias externas. Nuestra apuesta por nuestra espíritu no depende de encierros ni de pandemias, depende de nuestra voluntad.  Hasta nuestro último suspiro debemos apostarle por sentir la plenitud del mar dentro de nosotros, sentir el asombro por sus misterios, apostarle a zambullirse en él, bailar en sus entrañas, cantar con sus ritmos, orar con su íntimo. 






lunes, 22 de marzo de 2021

El remolcador de empuje

No sé si tuvieron la oportunidad de ver en las noticias, que esta semana anunciaban la muerte de Dick Hoyt, quien corrió 32 veces la Maratón de Boston,  y 6 Iron Man (la carrera de triatlón más exigente de todas).  Pues hasta ahí sonaría como una hazaña loable de un obsesivo compulsivo del ejercicio. Pero esta no es la historia. Dick realizaba todas estas hazañas de resistencia remolcando a su hijo Rick, quien nació con parálisis cerebral, quien no podía hablar y únicamente podía voluntariamente mover las rodillas. Cuadripléjico de nacimiento, a Rick no se le auguraba más que la acuñada frase de "vegetal". Se comunicaron por más de 10 años interpretando el movimiento de sus ojos. En vista de ver la coherencia de sus pensamientos,  sus padres fueron a la Universidad de Tufts para que le diseñaran una computadora que pudiera enunciar las frases dictadas por Rick al golpear su cabeza. Un tiempo después lograron empezarse a comunicar a través de la computadora adaptada, y así un día, de la nada,  le dice a su papá, ya de 40 años,  que quería que juntos corrieran una pequeña carrera de 5 millas, a lo que su papá accedió sin reparo. Así empezó la historia, de un héroe que:  adaptó la silla de ruedas de su hijo para poder correr los 42 kms de las maratones; que ubicaba a su hijo en un bote inflable que con una cuerda vinculaba a su cuerpo,  mientras nadaba en las triatlones; que adaptó la silla de ruedas que era movilizada con el pedalear sudoroso del padre en sus travesías en bicicletas , y que mientras el padre hacía la transición de disciplina, y no siendo ya de por sí retadoras las pruebas físicas del Iron Man, entre ellas y a contrarreloj el padre se cargaba al hombro al hijo, para ubicarlo en el siguiente dispositivo y así continuar juntos su aventura. 

Este hombre de hierro pensarían unos, transpiraba con la única motivación que su hijo volviera a sentir aquello que experimentó luego de culminar la carrera de las 5 millas: "Papá, cuando corro, siento que no soy una persona discapacitada".  Este hombre venció los límites del cansancio, venció su propia mente, por brindarle a su hijo  la liberación de sentirse preso de un cuerpo inerte. En una entrevista que le hacen luego de terminar una Maratón de Boston y de pulverizar los tiempos,  afirma que él no tenía interés alguno de correr solo, que la velocidad que lograban viene de algo que emanaba el cuerpo de su hijo, " el atleta es él".

¡Dibújenmelo, que yo lo coloreo!

Los antiguos alquimistas  antes de buscar transmutar metales en oro, debían purificarse, debían transmutar su propia alma.  Este padre emprendió un sendero de vencerse a si mismo, vencer su propio cuerpo para que su hijo lograra viendo el movimiento, porque no sé si su cuerpo lo sintiera, pero con seguridad su alma,  encontrara la respuesta de que él habitaba su cuerpo, pero que puede ser libre a pesar de él, que su alma  lo trasciende todo. No hay sueño imposible.  Este padre por amor, como un alquimista se purificó a si mismo para lograr lo impensable,  darle la oportunidad a su hijo de que comprendiera que es oro y no escoria, que es precioso en la burda discapacidad, en la quietud, en la dependencia, que es unión en la separación del mundo, que su espíritu no tiene silla de ruedas y que canta sin palabras. Que en su mente podía hacer lo que su papá hacía entregándolo todo por amor: cambiar, esforzarse, no desfallecer, rozar el límite de la locura, crear, reivindicar, motivar, correr, nadar, pedalear, sudar, darle sentido a cada respiración.

Este hombre fue un ejemplo para su hijo, lo dio todo, aniquiló lo imposible, la separación y los límites. Su padre fallece pero, hoy Rick sabe que se puede ser y no ser.  

No perdamos la oportunidad de ser un remolcador , como lo fue Dick para su hijo. Su empuje transformó, su empuje sembró, su empuje enseñó. La fuerza del remolcador y del remolcado se unen para transformarse. 

Si por el contrario, llega el momento en nuestras vidas que necesitamos de un remolcador porque no sabemos en qué aguas estamos navegando.  Confiemos en la pericia del otro y abrámonos a la experiencia de encontrar la belleza suprema en la unión, en el aprendizaje, en el despojarse de lo innecesario para sentir, como Rick, que nace la pureza de la impureza, que hay  movimiento en la quietud, que se puede alcanzar la  perfecta comprensión en lo incomprehensible, que se puede amar, amarse, amarte. 





 




domingo, 14 de marzo de 2021

El viaje del barranquero

La tarde cae..las nubes galopan la inmensidad como si estuvieran buscando un lugar donde pudieran resguardarse de la intemperie. El botón de la flor sigue su danza de apertura. El Barranquero se posa en una estaca de madera, desafiante de la oscuridad e inmóvil, observa el devenir. Es hora de ocultarse y, él sigue erguido sintiendo la sinfonía de bienvenida a la noche, con cantos, castañuelas y el zumbido propio del bosque en ebullición.  El Barranquero decida volar hacia allí, donde la orquesta de avezados músicos diminutos interpretan la belleza personificada. Ese lugar donde a pesar de la oscuridad y la poca visibilidad se siente en casa, seguro y a salvo de sus depredadores. 

Adentro de la casa la llama de la vela se contornea con la más mínima corriente de aire. Su calor y presencia se toma el lugar, y sí, al son de grillos, ranitas y luciérnagas, ella también vuela hacia donde su ser se expande. Nosotros espectadores de tal majestuosidad, más grandes en tamaño, pero incapaces de fundirnos en el movimiento perenne de lo que nos rodea, inspirados y coloreados por el halo de su llama, también como el Barranquero volamos sin saber, en el silencio, a ese lugar que nos recoge, que nos da calor, que nos resguarda de la intemperie, que nos invita a sosegarnos, donde solo debemos vigilar nuestros pensamientos, donde no podemos presumir o fingir, donde nuestra raza, peso, color o preferencia son fútiles, donde solo se puede estar presente.

Ignorantes somos al pensar que no tenemos un poquito de nube, un poquito del botón de la flor, de Barranquero, de grillos, luciérnagas y ranitas, de una llama de una vela..del otro que nos ama, del otro que nos hizo daño, del otro al que herimos. Del instrumento que somos en esta composición imposible de ser escrita. 

¿Acaso no somos hombres en busca de sentido como diría Victor Frankl? Todos vivimos experiencias diferentes, unos tienen un tumor cerebral que le tienen que extirpar y luego vivir un proceso de quimioterapia, a otros le deben hacer resección de una parte del páncreas por un recién diagnosticado cancer, otros imprimen su ser en las composiciones musicales o en sus cuadros, otros se levantan en busca de su pan de cada día, otros caminan huyendo de la violencia a lugares desconocidos, otros viven entre barras por errores pasados, otros viven enterrados por la culpa, otros batallan contra la discriminación, otros sufren pérdidas de seres amados, otros padecen discapacidades y dependen de terceros. En fin en este mundo las historias no tienen son inimaginables. 

Victor Frankl habiendo experimentado el horror Nazi en un campo de concentración escribe lo siguiente: 

 “Las experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre mantiene su capacidad de elección. (…) Quizás no fuesen muchos (hombres), pero esos pocos representaban una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas -la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino- para decidir su propio camino.”

“Considerar nuestra “existencia provisional” como algo irreal constituía un factor primordial para que la vida se les fuese entre las manos a los prisioneros, porque todo se revestía como carente de sentido. Tales personas olvidaban que, en multitud de ocasiones, son las circunstancia excepcionalmente adversas o difíciles las que otorgan al hombre la oportunidad de crecer espiritualmente más allá de sí mismo.”

 Yo me pregunto cada día, si en efecto estoy decidiendo mi propio camino o si soy alguien que asiste a una película y ve su trama detrás del telón y no la personifica.  O si por el contrario,  mi indecisión me aleja de mi sueño, o mi mirada miope tergiversa tanto mi percepción de la realidad que decido no actuar. A veces me pregunto si el miedo me inmoviliza tanto y no me permite ser como ese Barranquero que sereno desafiaba la noche y sus peligros.  O si mis oídos se cierran tanto a no escuchar lo que a gritos todo lo que me rodea me señala. Y ni qué decir en la pandemia, en donde la distancia física nos separa del otro....¿Si estaré andando mi camino o simplemente lo estaré viendo como se delinea en el horizonte deshabitado? ¿Será que me siento tan diferente y separada que no logro adentrarme a la magia que cada ser  que nos circunda nos enseña?

¡ Oh cuán tardía acción es comenzar la vida cuando se quiere acabar! dice Séneca. Si realmente queremos alcanzar la inmortalidad que anhelamos, asumamos la brevedad de nuestra existencia, y asumamos cada segundo como una gran oportunidad de que nuestro espíritu crezca, de dar el siguiente paso en nuestro camino, de ser coherentes, de revestir de sentido nuestra existencia, así sea un domingo de pereza. 

Tenemos cada día la oportunidad de fundirnos con el movimiento que nos rodea, de volver a casa, siendo la brújula  ese lugar de sosiego que nos invita la luz de la vela en la noche fría. Tenemos la oportunidad de sentir que en la noche hay belleza, hay armonía, hay sentido, hay AMANECER. Decidamos asumir la noche como pasajera y el viaje hacia el alba como cierto.